Urutaú, pájaro simbólico de Paraguay

En 2004 se declaró ave nacional de Paraguay al pájaro campana. En un manual de cierto ornitólogo inglés ―no recuerdo el nombre― dedicado a las rarae aves de todo el planeta, se decía que el canto del guyra campana transforma la selva en una catedral. Ese tañido, la campanada que le da nombre, no se escucha en la composición de Félix Pérez Cardozo. El mérito del arpista consiste en haber creado un segundo pájaro campana, hecho enteramente de sonido, pero infiel a la austeridad monástica del original, que se limita a una sola nota grave y metálica que se abre camino en el monte. Las escalas y los efectos sonoros de Cardozo prueban solamente que la onomatopeya es una trampa retórica (en el mejor de los casos una sensación), aun cuando se articula en el idioma abundante del arpa. Sin embargo, logró que el Paraguay ame a ese pajarito blanco de rostro hovy cuyo canto es más fácil de encontrar que su imagen; es tan discreto que, para avistarlo, hay que pasear la mirada por la copa de los árboles más altos. Tal vez esa sea una condición para anidar en el símbolo (o en el mito), ser rara, escasa, tímida, difícil de hallar, por lo tanto fácil de imaginar.

Su nombre en guaraní es guyrapu o guyrapong, araponga para los tupís. Puede traducirse como “el pájaro que suena”, como si los demás no lo hicieran; por definición, el pájaro es un animal sonoro, salvo excepciones. Pero el sonido del guyrapu es distinto, casi una cualidad extrínseca, un sonido incorpóreo que se apodera del pájaro como instrumento, del badajo vivo de la avecilla. El problema con el nombre “campana” es que dicho objeto ha desembarcado en el continente como herramienta de opresión, seccionando y limitando el día según la duración de las tareas. Tiempo para comer, tiempo para lavarse, tiempo para trabajar, tiempo para amar y para dormir. La campanada impuso en la vida del indio la maldición del tiempo. ¿Qué otro sentido podría hallarse en la figura de este guyra’i? ¿Qué más puede decir sobre esa fatalidad que llamamos Paraguay? ¿O es solamente asombro ante su extrañeza?

Desde Guido y Spano en adelante, los poetas han encumbrado la imagen de otro pájaro, acaso más cercano a la alegoría de Paraguay: el urutaú, pájaro estaca, alma en pena (guaiguĩgüe), pájaro fantasma (taú), pájaro noctívago que “con su melancolía hiere la imaginación popular”, en palabras del argentino Ernesto Morales. Es curioso que en las aves de la noche escuchemos siempre el fonema “u”, largo como un escalofrío, profundo como la noche del monte. La lengua castellana conserva el verbo “ulular”, del latín ululare y el griego ololyzo, cuya raíz indoeuropea ul indica un grito agudo de lamento.

Del urutaú dice Daniel Granada en su Vocabulario rioplatense razonado: “Ave nocturna de un pie y pico de longitud y de color pardo acanelado con mezcla de negro y oscuro. Particularízalo su modo de gritar entre mofador y melancólico: prolongado y lúgubre clamor, que termina semejando una carcajada”. Fariña Núñez dice que el nacional carácter es circunspecto, callado, taciturno. En ocasiones he visto que los guaraníes resuelven dificultades o restablecen acuerdos a través de la risa comunitaria. Se invita al que está en falta a reírse de su propio error con los demás. La mofa es también un camino de redención que Granada reconoce en las cuatro “úes” largas y profundas de ese pájaro, no solamente el llanto reincidente del español Spano: llora, llora urutaú…

Igual que el pájaro campana, es difícil de verse. Se oculta durante el día y sale de noche, posándose en árboles secos, postes de alambrado, donde pasa largas horas inmóvil, levantando la cabeza al cielo. Estaquero común, le dicen en algunos países, por su parecido con la madera. En esa actitud es difícil distinguirlo, esconde su condición de ave en la textura de la rama; es un experto burlador, la noche misma que ríe. “Si la luna ha desaparecido ―dice Granada― exhala de tiempo en tiempo sarcásticos alaridos. Parece la representación del infortunio que, en las tinieblas de noche, solitario, eleva el alma contemplativa”.

Roa dijo: “El infortunio se enamoró del Paraguay”. No es lo mismo que “Paraguay se enamoró del infortunio”, como escucho que la mayoría suele citar. En el primer caso, la prosopopeya justifica la literariedad de la frase y la salva de ser totalmente común. En cualquier caso, parece ser cierto. Los poetas del Novecientos, Guido y Spano y otros más, sintieron la carcajada del urutaú como el eco de siglos de espanto sobre la tierra todavía humeante de la Guerra Guasu. Paraguay, como el urutaú, no es más que un fantasma: ya no existe el Paraguay donde nací como tú.

Según la descripción que de él hace Félix de Azara, “la mucha luz les ofusca, y de día se levantan de muy cerca para volar poco trecho baja y horizontalmente, y dejarse caer de repente como cuerpos perdidos plegando las alas, donde no es fácil verlo; porque sus colores difieren poco de la tierra o pasto donde caen, y se mantienen como pegados sin enderezar el tarso. Sólo buscan el alimento con el crepúsculo y la luna, volando con mucha facilidad y poca elevación para pillar los insectos, variando con frecuencia de dirección”.

Es familiar de los caprimúlgidos, nombre que procede de la combinación de las palabras latinas capra (cabra) y mulgere (ordeñar), en referencia a una antigua creencia sobre que los chotacabras mamaban de las cabras.

La imaginación popular ha tejido más de una leyenda que le atribuye origen humano. En estos relatos, la metempsicosis es un castigo ejemplar a personajes que desafían el orden natural de las cosas. Hay dos que fueron recogidas por Morales en su libro Leyendas guaraníes.

Una es guaraní, y cuenta que el urutaú era antes una hermosa doncella que amaba y era amada por un guerrero de la tribu enemiga. Se oponía el padre a la relación y la doncella huyó de su lado. Fue hallada en la selva, en un estado de tal insensibilidad que a nadie respondía ni nada le importaba. El chamán de la tribu le dijo que el guerrero a quien amaba había muerto. Dio un alarido horrendo y, transformada en urutaú, voló a una rama.

La otra es de los calchaquíes de la selva mediterránea. Estos lo llaman “cacuy” y oyen su grito como si dijera “¡Turay!, ¡turay!”, lo cual quiere decir hermano en calchaquí. Un hermano bondadoso sufría el comportamiento errático de su hermana. Cierta vez que caminaban por el monte decidió vengarse; le dijo que en un árbol había visto un panal de alpamisqui (miel producida por ciertas abejas). Ella subió y él cortó las ramas bajas del árbol, dejándola atrapada en la copa. Lo llamó: “¡Turay, turay!”; pero él jamás regresó. Aquella noche sufrió la metamorfosis.

La versión recogida por Moisés S. Bertoni y A. Valdovinos es como sigue: Urutaú era una mujer que pretendió ir con Dios al cielo. Lo acompañó mientras pudo hacerlo, pero no pudo alcanzarlo porque Dios ya había llegado al sol. Urutaú lloró amargamente y quedó transformada en el ave del mismo nombre condenada a lamentarse en su triste vida. Se dice que, como castigo por su deseo exagerado, hacia octubre, cuando el sol, donde reside Dios, se acerca, lo mira fijamente durante el día, y cuando se pone, echa a llorar.

Al pájaro fantasma se le atribuyen excelentes cualidades: la de preservar la pureza de las doncellas, o la de que sus plumas ―como las del kavure― sirvan para fabricar talismanes para el amor. Carta de amor que se escribe con pluma de urutaú es infaliblemente respondida con beneplácito. “Tantas son las condiciones sobrenaturales a veces que se le atribuyen al urutaú, que hay quien ha llegado a darle las del ave Fénix: dice alguno que, aun quebrándole alas y huesos por la noche, al otro día amanece sano”, comenta Morales.

Su misterioso aspecto también lo califica como un guardián de la puerta entre el mundo terrenal y espiritual. Una suerte de daimon guaranítico que alza su voz fúnebre para abrir los caminos de la muerte y del lamento. “Huerfanito de luz, ciego del arte / Me dio miedo el gemir de Urutaú”, canta Ortiz Guerrero, pensándolo acaso como hermano del romántico. Puede que la literatura en Paraguay se parezca también al ulular del urutaú: romántica y modernista a destiempo, siempre emergiendo desde un pasado que solo existe en los libros o junto a los fogones.

El poeta venezolano Heraclio Martín de la Guardia quiso ponerle fin a la letanía del pájaro fantasma:

No Urutaú sobre las verdes ramas

Del índico Yatay tristeza llora;

Estintas por la paz fueron las llamas

Y luce ya en su cielo nueva aurora

Pero su profunda melancolía, su afán de timador y su amistad con la noche le han ganado un espacio indiscutible como pájaro simbólico de Paraguay, menos oficial pero más íntimo que el guyrapu y su cuerpo de arpa virtuosa.

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