Orión ―pseudónimo del periodista porteño Héctor F. Varela― ha cometido el exceso de usar la literatura no para revelar una verdad estética, sino para servir a un prejuicio de época. Su libro biográfico Elisa Lynch (Imprenta de La Tribuna, 1870) es un ejercicio de calumnia bien ejecutado, y si no es falso, podríamos juzgarlo al menos por tendencioso y poco elegante. En este caso, la malversación de datos históricos no indica ignorancia o inocentes permisos poéticos, sino arquitectura mítica, épica de la infamia.
La publicación de esta narrativa de salón de más de 400 páginas incitó una “guerra de folletos” entre Orión y Lápiz, pseudónimo este último que usó su colega y detractor Mariano A. Pelliza para ingresar en el ring. El propio Varela, jocoso y no exento de falsa modestia, cuenta en su columna “Cosas”, del periódico La Tribuna, que recibió cien mil pesos por la redacción del artículo, bastante más que los doce mil que recibió Mitre por su Historia de Belgrano: “[…] como ud. lo ha visto, entre gritos, chacotas y petardos la biografía de la famosa inglesa, y me pagan cien mil pesos papel por el manuscrito. ¿Cree usted que se puede tomar el mundo a lo serio?”.
El pago lo recibió de uno de los hermanos Medina, dueños de la Librería de Ambos Mundos, en Buenos Aires. Este es un dato que Varela ventiló con un toque de cinismo en su periódico, quejándose porque su obra deba escribirse “en medio de este infierno que se llama periodismo”, robando tiempo a sus labores más importantes. Los reproches que sobre la obra hace Pelliza en Elisa Lynch por Orión. Crítica literaria (Imprenta de La Discusión, 1870) son sobre todo formales: falsear la cronología de los hechos, emplear terminachos rebuscados y alguno que otro descuido en la ortografía. El éxito de la publicación fue contundente, en un tiempo en que la tirada promediaba entre 500 a 1000 ejemplares, la primera edición de Elisa Lynch fue de 6000. Dice Josefina Cabo en su artículo “Elisa Lynch: el libro de Orión (1870)” (Orbis Tertius, núm. 38, 2023)que “el libro se constituía en una combinación potencialmente exitosa, pues a la autoría de una de las figuras más populares de Buenos Aires se sumaba la promesa de conocer la vida de quien posiblemente en ese momento fue la mujer más célebre de Sudamérica”.
Grosso modo, el libro relata un viaje en barco de Varela al Paraguay en 1855, por motivos de salud. Llegando a la Asunción, tiene ocasión de conocer al general Francisco Solano López, a su “querida” Madame Lynch, al presidente Carlos Antonio y a otras personas prominentes de la sociedad asuncena, que con frecuencia son ilustrados como monigotes de una tragedia nacional, quitándoles su complejidad humana para convertirlos en símbolos de barbarie. Esta biografía de Lynch abreva directamente de la tradición sarmientina; su autor no está haciendo periodismo ni historia, sino propaganda retrospectiva, reduciendo el drama histórico de Paraguay al romance, al escándalo y a los chismes de pasillo.
Igual que Sarmiento, Varela se refiere a Paraguay como “la China de América”, una región de fantasía que alberga lo paradójico, lo monstruoso. Cuanto desconocemos sobre esta China, podemos inventarlo en razón de nuestras intenciones. “Una región precisa cuyo solo nombre constituye para el Occidente una gran reserva de utopías”, dice Foucault en Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas (Siglo XXI Editores, 1968). La intención de Varela, y de sus contratantes, parece bastante clara cuando dice: «El Paraguay, esa China de América, que no ha dejado traslucir por treinta años nada de lo que pasaba en su interior, ni permitido la entrada ni la salida de sus habitantes, ha sido el único país de la América donde la fuerza de las cosas ha operado este fenómeno de la barbarie, de que se quería salvar a la República”.
Este discurso lo hemos escuchado incontables veces. Aquí está este pueblo atrasado, moralmente insuficiente, bárbaro en sus costumbres, poblado de zánganos con pocas ropas y ningún pudor que son mantenidos por sus mujeres, que ha sido secuestrado por la tiranía absoluta de sus gobernantes y merece ser liberado por sus vecinos; merece el ingreso por la razón o la fuerza de las ventajas de la “civilización”. Entonces, no es que Varela ignore el verdadero sentido del alma paraguaya, sino que instrumenta la literatura para constituir deliberada e intencionadamente un falso color local, una caricatura abyecta del pueblo y sus mandatarios, ante el cual se reflejaban con mayor lucidez sus propias virtudes de hombre de gran ciudad: “El país á donde me encaminaba, no era un país libre como el mio: era un país barbarizado, cuyos destinos pendían, hacía tiempo, de la voluntad de un hombre que lo tenía alejado del bullicio del mundo”.
Dejó a la posteridad un retrato grotesco de don Carlos (que luego fuera recogido por Arturo Bray en su famosa semblanza de Solano López), en ocasión de la inauguración del Teatro Nacional, el 4 de noviembre de 1855, donde estuvo presente el periodista porteño y, desde luego, también Solano López y la Madame. Orión pone al filo de la pluma toda la tinta de su ingenio y ocurrencia, diciendo del presidente que era “un acontecimiento físico”, un “mastodonte”, un “pedestal que soportaba una cabeza dos veces grande por sus dimensiones naturales y por el enorme depósito de absurdos que en ella existía”. Ni siquiera el sombrero que llevaba se salvó del escarnio: “era una pieza monstruosa también por su altura, y aparente para figurar en un museo de curiosidades por su forma”.
Sus impresiones de Solano López tampoco fueron muy auspiciosas; dijo de él que era “agradablemente aceptable” para cualquier otra, pero no para el fino talento y la belleza de Lynch. Sobre todo, le molestaban las dimensiones del pie y de la mano, que eran microscópicas, y que cualquier mujer linda no desdeñaría el uno ni la otra. Entonces, ¿qué había visto en él la inglesa? Supo que la República era el patrimonio tradicional de los que mandaban, que don Carlos moriría pronto y su amante sería el heredero definitivo de la nación, que ella misma era dueña absoluta de López, por el amor y la intelijencia (sic), y que podría llegar a ser “más que una Loreta cortejada por el Edecán de un Emperador Ruso, la Presidenta, y quizá la futura Emperatriz del Paraguay”. En síntesis, por intereses de dote y poder.
Expliquemos el epíteto de “Loreta”, que fue una de las etiquetas más hirientes y constantes utilizadas por Orión para atacar el pasado de Elisa Lynch. Las Loretas de París (en francés, Lorettes) eran un grupo de mujeres jóvenes de clase media-baja del siglo XIX que vivían un estilo de vida bohemio y eran mantenidas por amantes, situándose en un escalafón social intermedio entre la prostitución común y las grandes cortesanas. El nombre proviene del barrio de Notre-Dame-de-Lorette. Durante la monarquía de Luis Felipe (década de 1840), esta zona se urbanizó rápidamente y se llenó de estas mujeres jóvenes que buscaban una vida de lujo y libertad que sus orígenes humildes no les permitían. Fueron retratadas de forma exquisita por el caricaturista francés Paul Gavarni y mencionadas en las novelas de Balzac, Flaubert, Zola, entre otros.
Varela acusa a Elisa Lynch de haber profanado el tálamo nupcial que compartía con Xavier Quatrefages con uno, dos, tres, acaso diez amantes, hasta que “las Loretas de París la vieron entrar al templo de sus orjías, coronada de belleza y brillantes”. Luego abandona las riberas de su licencioso pasado para plantar su tienda peregrina en la “morada sombría del que mas tarde debía darle la cerviz de un pueblo”. La insigne besucadora, compañera de López en las orgías de París, lo sería después en las orgías de sangre del Paraguay, levantándose a la categoría de gran dama, humillando a las grandes señoras paraguayas en todo lo que podía (especialmente a la esposa de Bermejo, a quien odiaba desde las vísceras).
La narrativa histórica ha recurrido con sospechosa frecuencia al arquetipo de la “mujer fatal” o la “extranjera intrigante” para canalizar el trauma colectivo y exonerar las fallas de los liderazgos masculinos. Si Solano López o Agamenón fallaron, no fue por falta de juicio, sino por hechizo de sus respectivas Helenas. “Quizá ella pudo arrancar a su verdugo [del pueblo], amansándolo como se amansa a las fieras, con una caricia”, dice Orión. Así mismo, los Beatles se separaron por los caprichos de seducción y manipulación doméstica de Yoko Ono. Este mecanismo de expiación de culpas cumple una función psicológica perversa pero efectiva: permite que un pueblo preserve más o menos la imagen de sus ídolos (o de sus verdugos) como víctimas pasivas, evitando así la dolorosa autocrítica de reconocer que sus propias decisiones, estructuras de poder, debilidades sistémicas o intereses externos fueron los verdaderos arquitectos de su ruina.
Sin embargo, es digno de mención que injuriar a la Madame no fue tarea tan fácil para el periodista, que en varios momentos de su viaje a Paraguay se sintió impresionado, o aún conmocionado, por la sensibilidad de la dama. La primera vez fue antes de su encuentro personal, cuando el barco en que se conducía hizo parada en la ciudad de La Paz; allí una hermosa joven porteña llamada María, cuya familia había sido despeñada a la miseria por Rosas, la recuerda con inmenso respeto y gratitud, por haber sido con ella una generosa amiga y protectora. Una vez en Paraguay, Lynch pide una entrevista con Varela, durante la cual bebieron cerveza Pale Ale y hablaron de las gracias y desventuras del amor. Entonces, el argentino le dice a la inglesa que hay pocas mujeres que aman de veras, ante lo cual ella reacciona tratándolo de anticuado y diciendo que los hombres usan esos ardides para someter a las mujeres a sus veleidades. Sepa el lector que Varela no es ningún inocente; él mismo se califica como “peligroso Tenorio que al acercarse a una mujer es como César”.
Bajo esta luz, el retrato de Elisa Lynch como la Loreta parisina —la cortesana interesada que solo aguarda el turno de su herencia— revela que la literatura es mucho más que un ejercicio estético; es una herramienta de dominación simbólica capaz de codificar el pasado según las necesidades del presente. Al reducir procesos geopolíticos complejos a simples intrigas de alcoba, el público lector consume estas narrativas como bocadillos culturales o distracciones ingenuas, sin advertir que, en el goce de la lectura, se están asimilando mecanismos de desmemoria histórica. Lo que parece entretenimiento es, en realidad, el cemento que fija una versión de los hechos donde la responsabilidad política se disuelve en el mito, y donde la verdad sucumbe ante la comodidad del prejuicio compartido.
Deja una respuesta