The world is always, more or less,
out of joint to the poet
Samuel Butler
Tengo a mi alcance la primera edición en español de Ñande Ypy Kuéra (1937), que incluye el siguiente subtítulo: “Poema etnogenético y mitológico: origen del pueblo guaraní”. En el presente artículo me pregunto con qué intención Rosicrán sitúa a los atlántides como supuestos predecesores de los antiguos guaraníes, a la luz de dos referencias fundamentales: Critias, de Platón, y The humour of Homer, de Samuel Butler. En la primera situamos el origen del mito de la Atlántida y en la segunda, reconocemos la misma sospecha que tuvo Butler como lector de la Ilíada: Ñande Ypy Kuéra es un libro humorístico.
Corría el año 2018 cuando fui a presentar mi libro Fábulas a la ciudad de Santiago de Chile. Una amiga traductora de poetas griegos me citó en un café para presentarme a un escritor de cuentos de hadas llamado Giorgos. Recuerdo haberle preguntado a este hombre, entre otras cosas, cómo se traduce “fábula” en griego, a lo que me respondió con una sola palabra: mythos (μῦθος). Este es el sentido básico del término en griego y se refiere a una historia o cuento en el sentido más amplio, como el que tiene en inglés story o tale. G. S. Kirk da una definición de “mito” más cercana a la que puede interesarnos, al decir que se trata de “un relato que cuenta la actuación memorable de unos personajes extraordinarios en un tiempo prestigioso y lejano”.
Aunque el terreno de la mitología es el ámbito de la tradición y la memoria popular, hay casos en los que un escritor o filósofo, como Platón o Narciso Colmán, también ha podido inventar un mito. Pero, como dice García Gual, tal invención es ante todo una recreación de relatos de corte tradicional, hecha sobre una pauta previa y un esquema típico. Los mitos platónicos o rosicranianos son mitos secundarios que al ser memorizados por la colectividad podrían devenir en mitos auténticos. A mi parecer, este hecho es posiblemente uno de los mayores logros que puede conquistar un escritor de ficción.
El mito de la Atlántida aparece por primera vez en los párrafos introductorios del Timeo. Sócrates cede la palabra a Critias, quien introduce el tema que tratará más extensamente en el libro posterior, donde el mismo será protagonista y contará sobre la guerra que tuvo lugar entre los pueblos situados más allá (atlantes) y más acá (griegos) de las columnas de Hércules, como se conocía antiguamente al estrecho de Gibraltar. Resulta evidente que Platón se proponía, al contar esta historia, dar realidad ideal a su República, y hacer más sensibles sus consideraciones teóricas, presentando a los antiguos atenienses como vencedores de los habitantes de la Atlántida. En términos de la doctrina platónica, este extraño relato ofrece una “causa ejemplar” o modelo particular para comprender el diseño de su República.
Platón ha indicado claramente esta intención en las primeras páginas del Timeo: “Los ciudadanos y la ciudad que nos has presentado ayer como una ficción, nosotros los transportamos a la realidad; colocaremos tu ciudad en esta antigua ciudad ateniense; y declararemos que estos ciudadanos , que tu has concebido, son verdaderamente nuestros antepasados” [1].
En el caso de Ñande Ypy Kuéra, ha sido la primera parte de este relato, que versa sobre el triunfo de Pai Tume sobre los siete hijos monstruosos del genio maligno Tau y su nieta Kerana, la que ha superado el recuerdo personal para ingresar a la memoria colectiva y volverse propiedad comunitaria más allá de las páginas del libro. Son menos conocidos los últimos acontecimientos de la narración, de los cuales solo se enteran los lectores del poema de Colmán, que narran el Yporú o gran diluvio; el encuentro entre Tume y los karai mokõi, sobrevivientes del hundimiento de la Atlántida y fundadores de los pueblos guaraní y tupí; la construcción del Mimbipára, réplica del Mba’e Vera Guasu o ciudad resplandeciente que fuera la ciudad central de la Atlántida; y la expedición de los abuelos fundacionales y sus cinco hijos para buscar la ciudad perdida.
Estos últimos eventos son los que aprovecharemos para acercarnos a la propuesta de este escrito, inspirados en la curiosidad por conocer cómo o por qué Rosicrán ha previsto este improbable cruce entre atlántides y guaraníes. Para este ejercicio es ventajosa la edición que tenemos a mano, pues incluye un amplio glosario con un estudio etimológico de los mitos, nombres y voces en guaraní empleadas en el texto. No recuerdo dónde he leído que la etimología es el arte de encontrar siempre lo que se quiere, siguiendo los eslabones de una cadena ininterrumpida de referencias que nos pueden llevar a derroteros impensables y usando el capricho personal como brújula. En la literatura modernista de Paraguay la etimología ha sido un campo fértil para la especulación, o dicho mejor, para la invención de un pretérito idealizado que da fundamento al proyecto del “ser paraguayo”.
Los poetas del novecientos, según afirma Will Costa [2], buscaban restaurar la identidad y la estima paraguayas tras la devastación de la guerra de la Triple Alianza. Para ello, reinterpretaron la traumática historia del país. Las miradas estaban vueltas hacia atrás, en dirección a ese pasado embriagante y engañoso que daba pie a las narrativas nacionalistas. El “indio bravo” de O’Leary, o el Adán americano de Salvador Rueda, aparece como expresión del buen salvaje rousseauniano y causante autóctono del nacional carácter. Hay otros ejemplos: Alma de la raza de Manuel Domínguez, el poema “Credo nativista” de Natalicio González o el “Pombero” de Pane. El relato de una edad de oro de la “raza del Guarán”, la consagración de la epopeya nacional de la Guerra del 70 y el martirio mesiánico de López son los mitos fundacionales de la paraguayidad propuestos por esa generación.
Samuel Butler afirma que “el mundo está siempre más o menos desencajado para el poeta” [3]. El escritor británico dice que, al leer entre líneas la Ilíada, ha descubierto que no solamente Homero es una sola persona, sino que además es troyano y aprovecha para infiltrar entre los hexámetros sobre la guerra de Ilión alguna que otra muestra de “humor malicioso”. Aunque esta sospecha se sostiene sobre una serie de especulaciones, con base en supuestas evidencias que presenta el propio texto, como, por ejemplo, el hecho de que la muerte y el entierro de Héctor es la escena más larga del poema, la tesis de Butler no deja de ser interesante. Es dable pensar que el padre de todos los poetas haya dejado para los lectores más suspicaces el mensaje oculto de su nacionalidad y su simpatía por las huestes derrotadas.
Esta tesis de Butler sobre el Homero troyano, quien ni siquiera habría escrito la Odisea pues fue una princesa siciliana la verdadera autora uno o dos siglos después, despertó mis reservas sobre las pretensiones de Rosicrán al situar a los atlántides como antecesores directos de los pueblos guaraníes. Tal atrevimiento solo puede explicarse como una reacción a la falta de rigor y el exceso imaginativo de los intelectuales de la época al indagar en los supuestos orígenes y fundamentos de nuestra cultura. Dicho de otra forma, que Colmán haya posicionado el Mba’e Vera Guasu, o ciudad resplandeciente de los guaraníes, como una réplica de la capital de la desaparecida Atlántida nos hace conjeturar que estamos ante una sátira. Así como Butler desconfía de la tradición de exégetas homéricos, podríamos nosotros desconfiar de los recelosos y ofendidos lectores que no supieron reconocer en Ñande Ypy Kuéra el valor de una ingeniosa comedia. Risa que además funciona como crítica mordaz al imperativo nacionalista de glorificar el pasado, aunque para ello hubiera que fabricarlo.
Es posible que Rosicrán haya comenzado a hilar su historia a partir de estas palabras de Eloy Fariña Nuñez: “Mba’e vera guasu seguirá brillando con el prestigio del enigma, también grande y resplandeciente, en las lejanías de las selvas encantadas y en la penumbra de las edades desaparecidas”. El Mimbipará, ciudad construida por Arecayá, hijo inventor de Paraguá, es una réplica del Mba’e Vera Guasu de la Atlántida, así como la Jerusalén terrestre es un símil de la Jerusalén arquetípica o celeste.
Y yo Juan vi la santa ciudad
la nueva Jerusalén, descender del Cielo, de Dios,
dispuesta como una novia ataviada para su marido.
(Apocalipsis, XXI, 2)
Areguá se situá como axis mundi, en palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo o lugar sagrado que se vincula con un tiempo y un espacio que suceden más allá del tiempo y del espacio, “en selvas encantadas y edades desaparecidas”.
La ciudad construida por Arecayá es una suerte de urbe tecnológica de la antigüedad, con luz eléctrica y otras novedades que provienen del uso de una sustancia “capaz de alumbrar en la oscuridad como alumbran las luciérnagas”. Ese líquido fosforescente es mencionado por Platón en el Critias como el oricalco, un metal legendario extraído de la Atlántida y usado para cubrir templos, que fue identificado por arqueólogos como hidrocarbonato de cobre y de zinc. El mismo es de color verdoso, amorfo, granujiento, poco transparente y poco duro.
Después del Gran Diluvio de Deucalión ―nombre que para Colmán no es otra cosa que la transfonetización de Cario, pueblo indígena guaraní que habitó en la actual región de Asunción―, el héroe civilizador Pai Tume se encuentra con los dos “hombres de miradas risueñas” (mokõi karai maẽ hory). En este caso, Rosicrán recurre a las inferencias de Paul Topinard y de Bertoni sobre el elemento étnico mongoloide en la raza dominante que dio origen a los antiguos pobladores del continente americano. Según Bertoni, esta raza extranjera habría emigrado a través de una gran superficie de tierra que desapareció bajo las aguas del océano Pacífico y que reconoce con el nombre de Arquinesia. Es claro que Bertoni ha seguido el ejemplo de Platón en la creación de su propio mito, aunque este no ha cuajado en la memoria colectiva. Siguiendo estas pistas y forzando la etimología a su favor, Colmán supone que estos hombres de miradas risueñas (maẽ hory) provienen del pueblo polinésico maorí.
Los ancianos que encuentra Pai Tume en su paseo son Paragua (el que proviene del mar) y Amaraso (el gusano de la lluvia o del agua), con sus esposas Guarasyava y Tupinamba, reflejos de Deucalión y Pirra, pareja sobreviviente del hundimiento de la Atlántida. Amaraso y Tupinamba se dirigen hacia el río Amazonas, mientras que Paragua y Guarasyava se conducen a Areguá, donde tienen descendencia y forman los pueblos tupí y guaraní, respectivamente. Un día Paragua se despierta aquejado por una “antigua querencia” de su tierra natal, perdida en el fondo de las aguas, y decide salir en busca de su hermano para realizar una excursión por el mar de los karaíves (Caribe). “Aquella profunda nostalgia ―explica el narrador― que dominaba al padre Paragua quedó como una herencia a sus pósteros y, justamente, es aquella la causa de que el indio sea, por naturaleza, pensativo, cabizbajo y melancólico”. Este relato identifica el techaga’u como uno de los sentires característicos de los guaraníes y sus descendientes, enfatizando la importancia que el nacionalismo encuentra en esa “antigua querencia”, que no es más que una romantización del pasado.
La instrumentación del mito guaraní-atlántide pareciera funcionar en favor del proyecto de reconstrucción simbólica de la patria, en alineamiento con lo que Todorov llama la “conquista semiótica”. Pero en una lectura más fina aparece como una denuncia, en tanto que fuerza los límites imaginativos, de la apropiación por analogía de los valores indígenas. Este mismo procedimiento marcó el proceso de invasión cultural europea en territorio americano. No sería excesivo suponer que Narciso Colmán haya anticipado la asimetría entre la cristalización de lo guaranítico como piedra angular de lo nacional paraguayo y el tratamiento desigual de las personas indígenas, que son expulsadas más allá de los límites de la patria decente.
Paragua y Amaraso emprenden el viaje ―equivalente al periplo de los argonautas― con sus cinco hijos, entre quienes se encuentra Toryja, personaje mitológico del trickster, el embaucador o bufón por antonomasia. Nadie sobrevive a la trágica expedición excepto Toryja, los demás hijos perecen en el anchuroso mar, mientras que los hermanos atlántides regresan a una “Atlántida transformada en paraíso”, según le informa a Toryja una gaviota: “Sus grandes sufrimientos ya han cesado”. Cuando este regresa a su casa, el pueblo le pide que relate los pormenores de la odisea, pero él exige a cambio cuantiosas y desmedidas ofrendas. Enojadas, las mujeres jóvenes le dan el mote de Perurimá.
Podemos suponer que el autor se ficcionaliza en el personaje de Perurimá, denunciando el carácter espurio y humorístico de su narración. Rosicrán se pone la máscara de Toryja, el pícaro, el joker, transgresor de límites entre mundos. Todo cuanto hemos escuchado sobre la Atlántida y los padres de la raza fue en boca de un charlatán, que en la continua repetición de la historia ha alcanzado una destreza notable. El poeta incurre en la “mentira noble” que menciona Platón en el capítulo 3 de la República, que los gobernantes pueden usar como medicina si es para beneficio del Estado, o en este caso, del destino histórico de la patria.
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