Borneo: memoria manipulada y cuerpos mutantes

Unos años después del colapso económico de Argentina, apareció una de esas novelas al parecer destinadas a sintonizar con contadísimos lectores: Borneo (El Cuenco de Plata, 2004), de Oliverio Coelho.

Que tengamos noticias, el libro no tuvo otras ediciones y se ganó, además, si hemos de basarnos en las escasas reseñas desperdigadas en la red, fama de lectura difícil. 

Borneo es, en efecto, una obra compleja, quizás no tanto en cuanto a estructura, pero sí en cuanto a formulación discursiva, lo que contribuye a sumergirnos en un clima narrativo tan opresivo como la sociedad futurista en la que toma acción la novela.

Puedo especular que Coelho proyectó en la fauna extraña y mutante de Borneo no solo la crisis y la violencia social vivida en Argentina en 2001, sino los horrores de la dictadura militar de los años setenta. El espejo de un futuro distorsionado como catalizador de un presente incierto y fatalmente atravesado por un pasado ominoso. 

Mezcla de literatura de anticipación especulativa y nonsense, Coelho nos muestra un futuro (quizás nunca tan cercano si nos remontamos a la pandemia del covid-19) poblado de seres mutantes capaces, sin embargo, de cumplir tareas operativas que aseguran la productividad social. A este rasgo kafkiano se agrega otro, estrictamente orwelliano: obedecen, pese a cuáles puedan ser sus dudas o temores, al Estado totalitario que ordena, cada cierto tiempo, la realización de una serie de exámenes médicos (denominada “Servicio Médico Obligatorio”), la cual parece tener al menos dos finalidades. La primera es instrumental: determinar qué ciudadanos (que, como propuso Platón, son separados de sus progenitores al nacer) son aptos o no para efectuar labores en sociedad. La segunda es más velada y propia del absurdo del poder: insinuar a toda costa alguna anormalidad latente, por mínima que sea, como reforzamiento del control psicológico del paciente. 

“Se trasladó hacia el espejo sin extectativas. No encontró ningún desajuste, ninguna asimetría exagerada, lo cual, en vez de aliviarlo, extendió sus sospechas al ámbito metafísico… Su bienestar físico quizás ensañara a los psiquiatras […] esos paladines de la disciplina se encarnizaban con los sanos […] en diez años se había deteriorado menos de lo predecible —o de lo deseable—”.

Así se configura este mundo neurótico, con varones genuflexos, sistemáticamente alienados y temerosos de sus propios cuerpos. Las mujeres, por su parte, por motivos de control reproductivo, habitan espacios paralelos, “zonas de protección” [1]. En su lugar, los varones interactúan con clones femeninos, especie de travestis que ofician también de espías o informantes del Estado: “[…] había preciosas mujeres espías […] que se encargaban […] de preparar al varón sobrante para los territorios paralelos. Luego abundaban ogros domésticos y ajamonados: se dedicaban a subyugar hombres, engordarlos, y poco a poco sacarlos de circulación con estratagemas artesanales que complementaban las maniobras rústicas de las espías…”.

No es casual, por ende, que, al articular el discurso literario, Coelho emplee un vocabulario rebuscado, con resonancias densas y ambiguas, para reflejar la cotidianidad de un sujeto disociado. 

El conflicto de la novela se plantea sobre la premisa del accidente, de la mirada descolocada por error, tras lo cual ya no resulta posible volver a la “normalidad”. Al ciudadano Ornello le extirpan sin querer un par de muelas; luego le diagnostican una disimetría en las piernas, solo corregible mediante el uso de un bastón. Todo ello lo conduce a temer por su permanencia funcional dentro del sistema y a gestar, a raíz de la aparición de Carla, una mujer dispuesta a ser cómplice de sus fantasías aventureras, la idea de fugarse de una ciudad por momentos curiosamente desierta. 

“A lo largo del paseo fue reforzándose en Ornello la impresión —o la tesis— de que en la ciudad faltaban hombres. En épocas pasadas la población había sido numerosa, las calles habían estado atiborradas de mercaderes, gritos, humanidad fraccionada en un torbellino de avatares públicos y transacciones lóbregas… […] ¿Un exterminio? Por qué no… La gente no podía haber desaparecido de un día para otro ni haberse mudado de ciudad”.

Al margen de las peripecias del personaje, que involucran un confinamiento inesperado, la experimentación con un maniquí hallado en la playa y el descubrimiento del canto como instrumento liberador, uno de los puntos más interesantes de la novela es la fascinación que Ornello desarrolla en su dilema de preservar o romper su vínculo con la comunidad. 

En ciertas reverberaciones cotidianas, comienza a identificar mensajes codificados de “otra realidad”, acaso una solapada por el Estado policial, tal como sucede en la escena en que unos gatos alados lo observan desde la ventana. 

“Observándolos, comprendió todo. Lo que había creído un ruidillo perverso en realidad era un lenguaje masónico. Mientras lo miraban agitando unas pestañas que parecían postizas se enviaban mensajes en un código morse de alas. Trató de descifrar el contenido… […] Desentrañar un lenguaje de manera intuitiva era una misión infinita”.

Otro punto igualmente interesante guarda relación con las advertencias políticas acerca de cuán peligrosa es la simbiosis entre tecnología (particularmente la médica) y poder (particularmente el omnímodo). 

La consciencia de Ornello, atribulada aun en momentos de plena funcionalidad ciudadana, no es un fenómeno fortuito, producto del azar histórico. Es producto de una meticulosa colonización de subjetividades a través de la manipulación de la memoria. 

Si bien la reingenería mental siempre ha sido un tópico del género distópico [2], lo sugestivo en Borneo radica en que Ornello, luego de la desafortunada extracción molar, comienza a experimentar relámpagos memoriosos. Este fenómeno casi epifánico se convierte entonces en un elemento catapultador de la narración, la cual se canaliza desde las primeras páginas a través de su consciencia. 

Estas reminiscencias, sin embargo, no impiden que a Ornello solo le sea dado experimentar sus recuerdos más íntimos como parte de un tejido espurio, de una vida escrupulosamente programada. 

Recapitulando, diré que, en Borneo, se entrecruzan, de forma absolutamente inquietante, el reconocimiento de sentidos codificados en lo que percibimos como “real” y la adulteración de la memoria y de la historia. Su lectura es aterradoramente vigente, y desprende conjeturas insoslayables en torno al porvenir de la humanidad.

Notas

[1] Se me ocurre que la novela de Coelho dialoga en parte con Brave New World, de Huxley, solo que, en la clásica distopía británica, la promiscuidad sexual es obligatoria para hombres y mujeres, aunque deban vivir separados. En Borneo, en cambio, se respira algo de paranoia y segregación poblacional, de imposibilidad de vincularse con el otro sin caer en los engaños de algún agente del Estado.

[2] En este sentido, es clásica la referencia a 1984, de Orwell, pero también mencionaría ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, y Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro. Aunque en estas dos últimas novelas a los personajes se les revela una verdad perturbadora acerca de su identidad (en un caso, descubren que son androides con la ilusión de ser humanos; en el otro, que son clones de personas que un día los despojarán de sus órganos), creo que Dick e Ishiguro fueron capaces de plantear el tema con un enfoque novedoso.

2 responses to “Borneo: memoria manipulada y cuerpos mutantes”

  1. Qué bueno que regresen a O. C a la Feria. Se había silenciado tras su Un Hombre llamado lobo (creo que era así).
    Se agradece

  2. Muy buena reseña, invita a leer la novela.

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