1
No hacía mucho había visto un documental sobre el atentado con gas sarín en el metro de Tokio cuando leí por primera vez una novela de Carson McCullers. En sus páginas, el horror, agazapado, emergía con lentitud.
Me pregunté qué podía resultar más horroroso: la multitud nipona tendida en los andenes, envenenada por un mortífero soplido divino, o las sigilosas visitas nocturnas del soldado Williams ―voyeur obseso― a la casa del capitán Penderton para contemplar, durante interminables horas, a Leonora.
El deseo, en sus complejas formas, puede remitir a lo horrendo. McCullers me atrapó aquella noche con su forma de escribir, aunque era incapaz de determinar qué era lo que me estremecía.
¿Aquella prosa que, por mera comodidad, podía tildar de “gótica”? Quizás el epíteto pueda aplicarse en lo temático, pues en lo estilístico, si la comparo, ya no con Faulkner o Capote, pero con la Joy Williams de State of Grace, su prosa es bastante precisa y condensada al renunciar a florituras y circunloquios retóricos.
Algo indudable en la narrativa de McCullers es que, tras la extraña impresión que produce, uno renuncia a encasillarla, como si se desplazara por un territorio indefinido.
Se ha dicho que lo más interesante de Reflexions in a Golden Eye es cómo McCullers desarrolla las pulsiones de personajes de ambigüedad sexual para, así, despertar una intuición del horror latente en lo cotidiano. Esto, por supuesto, en alusión al vínculo impreciso, pero gradualmente tormentoso, entre el soldado Williams, fisgón de “ojos dorados”, y el capitán Penderton, que actúa como reflejo homosexual reprimido del primero, a quien desea por eso mismo sodomizar.
Pero lo que me sedujo en verdad fueron esos resortes que tornan la novela por momentos desconcertante, pues la ambigüedad constituye el núcleo mismo de su condición discursiva.
Relato típicamente sureño-estadounidense, pero al mismo tiempo fílmico y moderno en su manejo casi instantáneo de correspondencias psicológicas y emocionales entre personajes y situaciones, todo ello palidece, sin embargo, ante la singular lupa movediza que McCullers emplea para observar la telaraña dramática que se despliega sobre el mapa.
Casi sin esfuerzo ―acaso producto de un estilo neuróticamente prolijo―, McCullers demuestra una inquietante capacidad para capturar la sensación de extrañeza siniestra que palpita dentro de un frasco ubicado en la repisa de cualquier hogar intrascendente.
Destapar un frasco podría significar asomar el ojo a un abismo de terrores sistemáticamente concentrados por años de desprecio, sumisión y resentimiento.
Es indudable que, a lo largo del relato, opera un procedimiento de enfoque minucioso de detalles, acaso insignificantes, pero cuya porosidad aumenta de tamaño conforme McCullers aproxima una lente. Y es esto lo que desconcierta: descubrir de golpe la aberración en un gesto en apariencia banal o inofensivo.
“¡El horror! ¡El horror!”, pensé como Kurtz, hojeando el libro y deteniéndome finalmente en la solapa, en los grandes ojos redondos de McCullers, sus zapatos varoniles, la camisa blanca y lisa, como si pretendiera ocultar algo. Y, sin dejar de mirar, pensé que, al igual que Kurtz, también ella escondía algo que la hizo morir tullida y paralizada en una noche desprovista de fulgores.
2
Después de McCullers, pensé mucho en la latencia del horror en lo cotidiano.
Creo que los estadounidenses han explorado mejor que otros ese aspecto, como lo demuestra el curioso caso de Shirley Jackson o Stephen King. ¿Acaso el horrendo Pennywise asomado en la alcantarilla no resume un miedo social latente?
Lo llamativo es que se trata de un temor indefinido, no se sabe muy bien de qué, pero indudablemente es el mismo que luego una familia común y corriente engulle voluntariamente en forma de hamburguesas, mientras los niños juegan con Ronald McDonald, un payaso también siniestro, pero más caricaturesco y aceptable para su entretenimiento.
En todo eso hay un ritual de reproducción inconsciente de algo difícil de nombrar, pero que todos presentimos y padecemos como un malestar.
Quizás las dos experiencias que mejor reflejan la sensación de horror en la sociedad de consumo sean el aburrimiento y la soledad.
El aburrimiento ayudaría a comprender los motivos por los cuales aceptamos la presencia del terror y de la violencia en nuestras vidas, siempre y cuando podamos saber de estas cosas, inclusive observarlas, desde cierta distancia: una pantalla, un restaurante, un auto. La clave sería que, en el fondo, naturalizamos el que esas cosas sucedan porque nada demasiado emocionante sucede en nuestras vidas, marcadas no solo por el tedio y la rutina, sino también por el propio transcurso del tiempo: el desengaño y la frustración, el cansancio y la enfermedad.
La soledad daría cuenta de algo que también aparece como una inquietud evidente en la novela de McCullers: en un contexto de violencia aceptada y, en ocasiones, reproducida por nosotros mismos, la conexión con el otro representa una experiencia casi imposible, o al menos mediada por una infinidad de malentendidos y problemas, de prejuicios y falsas impresiones.
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