Los borrosos integrantes del equipo editorial de Relictos podemos hacernos eco de lo que Enrique Lihn declaró con respecto al oficio de la escritura: “Siempre tuve la sensación de estar realizando la práctica de un ejercicio anticuado”. Anticuado o no, quizás nunca hayamos contado con más evidencia como en la época actual del vaciamiento de significado en los dispositivos culturales, de la inminencia de sombras que extinguen la belleza de lo insignificante, del materialismo que depreda el valor poético de la palabra. ¿Se escribe en Paraguay? En todo caso, ¿qué? Inicialmente concebido como una tentativa de respuesta a esos interrogantes, como un gesto desenfrenado de visibilización de la escritura creativa y crítica en Paraguay, Relictos se gestó, sobre todo, en el confuso laberinto de azares individuales, a través de encuentros accidentales, apenas sospechados en sueños, en diferentes climas y y desplazamientos por geografías difusas que conducían, inexorables, al grito mudo de un país invisible, en el que el aislamiento palpita como una supervivencia respiratoria, como la preservación de un organismo extraño e indefinible, aunque ligado indudablemente a la literatura.